lunes, 24 de diciembre de 2012

FELIZ NAVIDAD


"El Niño Dios nace en un establo, pasando frío; allí no se más que una humildad profunda; así hemos de llegar de ser nosotros; hemos de nacer pobres, despreciados, perseguidos de todo el mundo" (L.2, M.57,p.14)

FELIZ NAVIDAD

viernes, 7 de diciembre de 2012

Lo que nos dice nuestro Padre Fundador, acerca de la Inmaculada Concepción de María


Este es un pensamiento de nuestro Padrecito Fundador acerca de la Inmaculada Concepción


“El objeto material del culto a María como Inmaculada  en su sentido más estricto es María recién nacida, cuando la veneramos según existió en el seno de Santa Ana en el primer momento de ser concebida, es cuando más estrictamente le damos el culto que merece por el privilegio de su Concepción Inmaculada. El tiempo de honrar a María debidamente en el misterio de su Infancia ha empezado con la definición del Dogma de la Inmaculada.” 
P. Federico Salvador 

Mañana en la Iglesia Universal, festejamos a la Inmaculada Concepción de María; y por ese motivo les dejamos la encíclica de Pio IX, acerca de este dogma de fe, dado el 8 de diciembre de 1854. Reflexionemos y meditemos esta encíclica y este ejercicio nos ayudará a conocer más a la Madre del Verdadero Dios por quien se vive.




"Ineffabilis Deus"



Epístola apostólica de Pío IX





Del 8 de diciembre de 1854



SOBRE LA INMACULADA CONCEPCIÓN


1. María en los planes de Dios.



El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo, previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar al cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios.



Y, por cierto era convenientísimo que brillase siempre adornada de los resplandores de la perfectísima santidad y que reportase un total triunfo de la antigua serpiente, enteramente inmune aun de la misma mancha de la culpa original, tan venerable Madre, a quien Dios Padre dispuso dar a su único Hijo, a quien ama como a sí mismo, engendrado como ha sido igual a sí de su corazón, de tal manera que naturalmente fuese uno y el mismo Hijo común de Dios Padre y de la Virgen, y a la que el mismo Hijo en persona determinó hacer sustancialmente su Madre y de la que el Espíritu Santo quiso e hizo que fuese concebido y naciese Aquel de quien él mismo procede.



2. Sentir de la Iglesia respecto a la concepción inmaculada.



Ahora bien, la Iglesia católica, que, de continuo enseñada por el Espíritu Santo, es columna y fundamento firme de la verdad, jamás desistió de explicar, poner de manifiesto y dar calor, de variadas e ininterrumpidas maneras y con hechos cada vez más espléndidos, a la original inocencia de la augusta Virgen, junto con su admirable santidad, y muy en consonancia con la altísima dignidad de Madre de Dios, por tenerla como doctrina recibida de lo alto y contenida en el depósito de la revelación. Pues esta doctrina, en vigor desde las más antiguas edades, íntimamente inoculada en los espíritus de los fieles, y maravillosamente propagada por el mundo católico por los cuidados afanosos de los sagrados prelados, espléndidamente la puso de relieve la Iglesia misma cuando no titubeó en proponer al público culto y veneración de los fieles la Concepción de la misma Virgen. Ahora bien, con este glorioso hecho, por cierto presentó al culto la Concepción de la misma Virgen como algo singular, maravilloso y muy distinto de los principios de los demás hombres y perfectamente santo, por no celebrar la Iglesia, sino festividades de los santos. Y por eso acostumbró a emplear en los oficios eclesiásticos y en la sagrada liturgia aún las mismísimas palabras que emplean las divinas Escrituras tratando de la Sabiduría increada y describiendo sus eternos orígenes, y aplicarla a los principios de la Virgen, los cuales habían sido predeterminados con un mismo decreto, juntamente con la encarnación de la divina Sabiduría.



Y aun cuando todas estas cosas, admitidas casi universalmente por los fieles, manifiesten con qué celo haya mantenido también la misma romana Iglesia, madre y maestra de todas las iglesias, la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo de eso, los gloriosos hechos de esta Iglesia son muy dignos de ser uno a uno enumerados, siendo como es tan grande su dignidad y autoridad, cuanta absolutamente se debe a la que es centro de la verdad y unidad católica, en la cual sola ha sido custodiada inviolablemente la religión y de la cual todas las demás iglesias han de recibir la tradición de la fe. Así que la misma romana Iglesia no tuvo más en el corazón que profesar, propugnar, propagar y defender la Concepción Inmaculada de la Virgen, su culto y su doctrina, de las maneras más significativas.



3. Favor prestado por los papas al culto de la Inmaculada.



Muy clara y abiertamente por cierto testimonian y declaran esto tantos insignes hechos de los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, a quienes en la persona del Príncipe de los Apóstoles encomendó el mismo Cristo Nuestro Señor el supremo cuidado y potestad de apacentar los corderos y las ovejas, de robustecer a los hermanos en la fe y de regir y gobernar la universal Iglesia. Ahora bien, nuestros predecesores se gloriaron muy mucho de establecer con su apostólica autoridad, en la romana Iglesia la fiesta de la Concepción, y darle más auge y esplendor con propio oficio y misa propia, en los que clarísimamente se afirmaba la prerrogativa de la inmunidad de la mancha hereditaria, y de promover y ampliar con toda suerte de industrias el culto ya establecido, ora con la concesión de indulgencias, ora con el permiso otorgado a las ciudades, provincias y reinos de que tomasen por patrona a la Madre de Dios bajo el título de la Inmaculada Concepción, ora con la aprobación de sodalicios, congregaciones, institutos religiosos fundados en honra de la Inmaculada Concepción, ora alabando la piedad de los fundadores de monasterios, hospitales, altares, templos bajo el título de la Inmaculada Concepción, o de los que se obligaron con voto a defender valientemente la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. Grandísima alegría sintieron además en decretar que la, festividad de la Concepción debía considerarse por toda la Iglesia exactamente como la de la Natividad, y que debía celebrarse por la universal Iglesia con octava, y que debía ser guardada santamente por todos como las de precepto, y que había de haber capilla papal en nuestra patriarcal basílica Liberiana anualmente el día dedicado a la Concepción de la Virgen. Y deseando fomentar cada día más en las mentes de los fieles el conocimiento de la doctrina de la Concepción Inmaculada de María Madre de Dios y estimularles al culto y veneración de la misma Virgen concebida sin mancha original, gozáronse en conceder, con la mayor satisfacción posible, permiso para que públicamente se proclamase en las letanías lauretanas, y en él mismo prefacio de la misa, la Inmaculada Concepción de la Virgen, y se estableciese de esa manera con la ley misma de orar la norma de la fe. Nos, además, siguiendo fielmente las huellas de tan grandes predecesores, no sólo tuvimos por buenas y aceptamos todas las cosas piadosísima y sapientísimamente por los mismos establecidas, sino también, recordando lo determinado por Sixto IV, dimos nuestra autorización al oficio propio de la Inmaculada Concepción y de muy buen grado concedimos su uso a la universal Iglesia.



4. Débese a los papas la determinación exacta del culto de la Inmaculada



Mas, como quiera que las cosas relacionadas con el culto está intima y totalmente ligadas con su objeto, y no pueden permanecer firmes en su buen estado si éste queda envuelto en la vaguedad y ambigüedad, por eso nuestros predecesores romanos Pontífices, qué se dedicaron con todo esmero al esplendor del culto de la Concepción, pusieron también todo su empeño en esclarecer e inculcar su objeto y doctrina. Pues con plena claridad enseñaron que se trataba de festejar la concepción de la Virgen, y proscribieron, como falsa y muy lejana a la mente de la Iglesia, la opinión de los que opinaban y afirmaban que veneraba la Iglesia, no la concepción, sino la santificación. Ni creyeron que debían tratar con suavidad a los que, con el fin de echar por tierra la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, distinguiendo entre el primero o y segundo instante y momento de la concepción, afirmaban que ciertamente se celebraba la concepción, mas no en el primer instante y momento. Pues nuestros mismos predecesores juzgaron que era su deber defender y propugnar con todo celo, como verdadero Objeto del culto, la festividad de la Concepción de la santísima Virgen, y concepción en el primer instante. De ahí las palabras verdaderamente decisivas con que Alejandro VII, nuestro predecesor, declaró la clara mente de la Iglesia, diciendo: Antigua por cierto es la piedad de los fieles cristianos para con la santísima Madre Virgen María, que sienten que su alma, en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo, fue preservada inmune de la mancha del pecado original, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de su hijo Jesucristo, redentor del género humano, y que, en este sentido, veneran y celebran con solemne ceremonia la fiesta de su Concepción. (Const. "Sollicitudo omnium Ecclesiarum", 8 de diciembre de 1661).



Y, ante todas cosas, fue costumbre también entre los mismos predecesores nuestros defender, con todo cuidado, celo y esfuerzo, y mantener incólume la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. Pues no solamente no toleraron en modo alguno que se atreviese alguien a mancillar y censurar la doctrina misma, antes, pasando más adelante, clarísima y repetidamente declararon que la doctrina con la que profesamos la Inmaculada Concepción de la Virgen era y con razón se tenía por muy en armonía con el culto eclesiástico y por antigua y casi universal, y era tal que la romana Iglesia se había encargado de su fomento y defensa y que era dignísima que se le diese cabida en la sagrada liturgia misma y en las oraciones públicas



5. Los papas prohibieron la doctrina contraria.



Y, no contentos con esto, para que la doctrina misma de la Concepción Inmaculada de la Virgen permaneciese intacta, prohibieron severamente que se pudiese defender

pública o privadamente la opinión contraria a esta doctrina y quisieron acabar con aquella a fuerza de múltiples golpes mortales. Esto no obstante, y a pesar de repetidas y clarísimas declaraciones, pasaron a las sanciones, para que estas no fueran vanas. Todas estas cosas comprendió el citado predecesor nuestro Alejandro VII con estas palabras:"Nos, considerando que la Santa Romana Iglesia celebra solemnemente la festividad de la Inmaculada siempre Virgen María, y que dispuso en otro tiempo un oficio especial y propio acerca de esto, conforme a la piadosa, devota, y laudable práctica que entonces emanó de Sixto IV, Nuestro Predecesor: y queriendo, a ejemplo de los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, favorecer a esta laudable piedad y devoción y fiesta, y al culto en consonancia con ella, y jamás cambiado en la Iglesia Romana después de la institución del mismo, y (queriendo), además, salvaguardar esta piedad y devoción de venerar y celebrar la Santísima Virgen preservada del pecado original, claro está, por la gracia proveniente del Espíritu Santo; y deseando conservar en la grey de Cristo la unidad del espíritu en los vínculos de la paz (Efes. 4, 3), apaciguados los choques y contiendas y, removidos los escándalos: en atención a la instancia a Nos presentada y a las preces de los mencionados Obispos con los cabildos de sus iglesias y del rey Felipe y de sus reinos; renovamos las Constituciones y decretos promulgados por los Romanos Pontífices, Nuestro Predecesores, y principalmente por Sixto IV, Pablo V y Gregorio XV en favor de la sentencia que afirma que el alma de Santa María Virgen en su creación, en la infusión del cuerpo fue obsequiada con la gracia del Espíritu Santo y preservada del pecado original y en favor también de la fiesta y culto de la Concepción de la misma Virgen Madre de Dios, prestado, según se dice, conforme a esa piadosa sentencia, y mandamos que se observe bajo las censuras y penas contenidas en las mismas Constituciones.

Y además, a todos y cada uno de los que continuaren interpretando las mencionadas Constituciones o decretos, de suerte que anulen el favor dado por éstas a dicha sentencia y fiesta o culto tributado conforme a ella, u osaren promover una disputa sobre esta misma sentencia, fiesta o culto, o hablar, predicar, tratar, disputar contra estas cosas de cualquier manera, directa o indirectamente o con cualquier pretexto, aún examinar su definibilidad, o de glosar o interpretar la Sagrada Escritura o los Santos Padres o Doctores, finalmente con cualquier pretexto u ocasión por escrito o de palabra, determinando y afirmando cosa alguna contra ellas, ora aduciendo argumentos contra ellas y dejándolos sin solución, ora discutiendo de cualquier otra manera inimaginable; fuera de las penas y censuras contenidas en las Constituciones de Sixto IV, a las cuales queremos someterles, y por las presentes les sometemos, queremos también privarlos del permiso de predicar, dar lecciones públicas, o de enseñar, y de interpretar, y de voz activa y pasiva en cualesquiera elecciones por el hecho de comportarse de ese modo y sin otra declaración alguna en las penas de inhabilidad perpetua para predicar y dar lecciones públicas, enseñar e interpretar; y que no pueden ser absueltos o dispensados de estas cosas sino por Nos mismo o por Nuestros Sucesores los Romanos Pontífices; y queremos asimismo que sean sometidos, y por las presentes sometemos a los mismos a otras penas infligibles, renovando las Constituciones o decretos de Paulo V y de Gregorio XV, arriba mencionados.

Prohibimos, bajo las penas y censuras contenidas en el Índice de los libros prohibidos, los libros en los cuales se pone en duda la mencionada sentencia, fiesta o culto conforme a ella, o se escribe o lee algo contra esas cosas de la manera que sea, como arriba queda dicho, o se contienen frase, sermones, tratados y disputas contra las mismas, editados después del decreto de Paulo V arriba citado, o que se editaren de la manera que sea en lo porvenir por expresamente prohibidos, ipso facto y sin más declaración."



6. Sentir unánime de los doctos obispos y religiosos.



Mas todos saben con qué celo tan grande fue expuesta, afirmada y defendida esta doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios por las esclarecidísimas familias religiosas y por las más concurridas academias teológicas y por los aventajadísimos doctores en la ciencia de las cosas divinas. Todos, asimismo, saben con qué solicitud tan grande hayan abierta y públicamente profesado los obispos, aun en las mismas asambleas eclesiásticas, que la santísima Madre de Dios, la Virgen María, en previsión de los merecimientos de Cristo Señor Redentor, nunca estuvo sometida al pecado, sino que fue totalmente preservada de la mancha original, y, de consiguiente, redimida de más sublime manera.



7. El concilio de Trento y la tradición,



Ahora bien, a estas cosas se añade un hecho verdaderamente de peso y sumamente extraordinario, conviene a saber: que también el concilio Tridentino mismo, al promulgar el decreto dogmático del pecado original, por el cual estableció y definió, conforme a los testimonios de las sagradas Escrituras y de los Santos Padres y de los recomendabilísimos concilios, que los hombres nacen manchados por la culpa original, sin embargo, solemnemente declaró que no era su intención incluir a la santa e Inmaculada Virgen Madre de Dios en el decreto mismo y en una definición tan amplia. Pues con esta declaración suficientemente insinuaron los Padres tridentinos, dadas las circunstancias de las cosas y de los tiempos, que la misma santísima Virgen había sido librada de la mancha original, y hasta clarísimamente dieron a entender que no podía aducirse fundadamente argumento alguno de las divinas letras, de la tradición, de la autoridad de los Padres que se opusiera en manera alguna a tan grande prerrogativa de la Virgen.



Y, en realidad de verdad, ilustres monumentos de la venerada antigüedad de la Iglesia oriental y occidental vigorosísimamente testifican que esta doctrina de la Concepción Inmaculada de la santísima, Virgen, tan espléndidamente explicada, declarada, confirmada cada vez más por el gravísimo sentir, magisterio, estudio, ciencia y sabiduría de la Iglesia, y tan maravillosamente propagada entre todos los pueblos y naciones del orbe católico, existió siempre en la misma Iglesia como recibida de los antepasados y distinguida con el sello de doctrina revelada.



Pues la Iglesia de Cristo, diligente custodia y defensora de los dogmas a ella confiados, jamás cambia en ellos nada, ni disminuye, ni añade, antes, tratando fiel y sabiamente con todos sus recursos las verdades que la antigüedad ha esbozado y la fe de los Padres ha sembrado, de tal manera trabaja por limarlas y pulirlas, que los antiguos dogmas de la celestial doctrina reciban claridad, luz, precisión, sin que pierdan, sin embargo, su plenitud, su integridad, su índole propia, y se desarrollen tan sólo según su naturaleza; es decir el mismo dogma, en el mismo sentido y parecer.



8. Sentir de los Santos Padres y de los escritores eclesiásticos.



Y por cierto, los Padres y escritores de la Iglesia, adoctrinados por las divinas enseñanzas, no tuvieron tanto en el corazón, en los libros compuestos para explicar las Escrituras, defender los dogmas, y enseñar a los fieles, como el predicar y ensalzar de muchas y maravillosas maneras, y a porfía, la altísima santidad de la Virgen, su dignidad, y su inmunidad de toda mancha de pecado, y su gloriosa victoria del terrible enemigo del humano linaje.



9. El Protoevangelio.



Por lo cual, al glosar las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios Cristo Jesús, y designada la santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo hostigando con Él y por Él eternamente a la venenosa serpiente, y de la misma triunfando en toda la línea, trituró su cabeza con el pie inmaculado.



10. Figuras bíblicas de María.



Este eximio y sin par triunfo de la Virgen, y excelentísima inocencia, pureza, santidad y su integridad de toda mancha de pecado e inefable abundancia y grandeza de todas las gracias, virtudes y privilegios, viéronla los mismos Padres ya en el arca de Noé que, providencialmente construida, salió totalmente salva e incólume del común naufragio de todo el mundo; ya en aquella escala que vio Jacob que llegaba de la tierra al cielo y por cuyas gradas subían y bajaban los ángeles de Dios y en cuya cima se apoyaba el mismo Señor; ya en la zarza aquélla que contempló Moisés arder de todas partes y entré el chisporroteo de las llamas no se consumía o se gastaba lo más mínimo, sino que hermosamente reverdecía y florecía; ora en aquella torre inexpugnable al enemigo, de la cual cuelgan mil escudos y toda suerte de armas de los fuertes; ora en aquel huerto cerrado que no logran violar ni abrir fraudes y trampas algunas; ora en aquella resplandeciente ciudad de Dios, cuyos fundamentos se asientan en los montes santos a veces en aquel augustísimo templo de Dios que, aureolado de resplandores divinos, está lleno, de la gloria de Dios; a veces en otras verdaderamente innumerables figuras de la misma clase, con las que los Padres enseñaron que había sido vaticinada claramente la excelsa dignidad de la Madre de Dios, y su incontaminada inocencia, y su santidad, jamás sujeta a mancha alguna.



11. Los profetas.



Para describir este mismo como compendio de divinos dones y la integridad original de la Virgen, de la que nació Jesús, los mismos [Padres], sirviéndose de las palabras de los profetas, no festejaron a la misma augusta Virgen de otra manera que como a paloma pura, y a Jerusalén santa, y a trono excelso de Dios, y a arca de santificación, y a casa que se construyó la eterna Sabiduría, y a la Reina aquella que, rebosando felicidad y apoyada en su Amado, salió de la boca del Altísimo absolutamente perfecta, hermosa y queridísima de Dios y siempre libre de toda mancha.



12. El Ave María y el Magnificat.



Mas atentamente considerando los mismos Padres y escritores de la Iglesia que la santísima Virgen había sido llamada llena de gracia, por mandato y en nombre del mismo Dios, por el Gabriel cuando éste le anunció la altísima dignidad de Madre de Dios, enseñaron que, con ese singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu; más aún, que era como tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable, de suerte que, jamás sujeta a la maldición y partícipe, juntamente con su Hijo, de la perpetua bendición, mereció oír de Isabel, inspirada por el divino Espíritu: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.



De ahí se deriva su sentir no menos claro. que unánime, según el cual la gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios, más aún, como el milagro cumbre de todos los milagros y digna Madre de Dios, y allegándose a Dios mismo, según se lo permitía la condición de criatura, lo más cerca posible, fue superior a toda alabanza humana y angélica.



13. Paralelo entre María y Eva



Y, de consiguiente, para defender la original inocencia y santidad de la Madre de Dios, no sólo la compararon muy frecuentemente con Eva todavía virgen, todavía inocente, todavía incorrupta y todavía no engaña a por as mortíferas asechanzas de la insidiosísima serpiente, sino también la antepusieron a ella con maravillosa variedad de palabras y pensamientos. Pues Eva, miserablemente complaciente con la serpiente, cayó de la original inocencia y se convirtió en su esclava; mas la santísima Virgen aumentando de continuo el don original, sin prestar jamás atención a la serpiente, arruinó hasta los cimientos su poderosa fuerza con la virtud recibida de lo alto.



14. Expresiones de alabanza



Por lo cual jamás dejaron de llamar a la Madre de Dios o lirio entre espinas, o tierra absolutamente intacta, virginal, sin mancha , inmaculada, siempre bendita, y libre de toda mancha de pecado, de la cual se formó el nuevo Adán; o paraíso intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de delicias, por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa serpiente; o árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado; o fuente siempre limpia y sellada por la virtud del Espíritu Santo; o divinísimo templo o tesoro de inmortalidad, o la única y sola hija no de la muerte, sino de la vida, germen no de la ira, sino de la gracia, que, por singular providencia de Dios, floreció siempre vigoroso de una raíz corrompida y dañada, fuera de las leyes comúnmente establecidas. Mas, como si éstas cosas, aunque muy gloriosas, no fuesen suficientes, declararon, con propias y precisas expresiones, que, al tratar de pecados, no se había de hacer la más mínima mención de la santa Virgen María, a la cual se concedió más gracia para triunfar totalmente del pecado; profesaron además que la gloriosísima Virgen fue reparadora de los padres, vivificadora de los descendientes, elegida desde la eternidad, preparada para sí por el Altísimo, vaticinada por Dios cuando dijo a la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer, que ciertamente trituró la venenosa cabeza de la misma serpiente, y por eso afirmaron que la misma santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, y unida con Él con eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, de consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo, no por disposición corporal, sino por la gracia original.



A éstos hay que añadir los gloriosísimos dichos con los que, hablando de la concepción de la Virgen, atestiguaron que la naturaleza cedió su puesto a la gracia, paróse trémula y no osó avanzar; pues la Virgen Madre de Dios no había de ser concebida de Ana antes que la gracia diese su fruto: porque convenía, a la verdad, que fuese concebida la primogénita de la que había de ser concebido el primogénito de toda criatura.



15. ¡¡Inmaculada!!



Atestiguaron que la carne de la Virgen tomada de Adán no recibió las manchas de Adán, y, de consiguiente, que la Virgen Santísima es el tabernáculo creado por el mismo Dios, formado por el Espíritu Santo, y que es verdaderamente de púrpura, que el nuevo Beseleel elaboró con variadas labores de oro, y que Ella es, y con razón se la celebra, como la primera y exclusiva obra de Dios, y como la que salió ilesa de los igníferos dardos del maligno, y como la que hermosa por naturaleza y totalmente inocente, apareció al mundo como aurora brillantísima en su Concepción Inmaculada. Pues no caía bien que aquel objeto de elección fuese atacado, de la universal miseria, pues, diferenciándose inmensamente de los demás, participó de la naturaleza, no de la culpa; más aún, muy mucho convenía que como el unigénito tuvo Padre en el cielo, a quien los serafines ensalzan por Santísimo, tuviese también en la tierra Madre que no hubiera jamás sufrido mengua en el brillo de su santidad.



Y por cierto, esta doctrina había penetrado en las mentes y corazones de los antepasados de tal manera, que prevaleció entre ellos la singular y maravillosísima manera de hablar con la que frecuentísimamente se dirigieron a la Madre de Dios llamándola inmaculada, y bajo todos los conceptos inmaculada, inocente e inocentísima, sin mancha y bajo todos los aspectos, inmaculada, santa y muy ajena a toda mancha, toda pura, toda sin mancha, y como el ideal de pureza e inocencia, más hermosa que la hermosura, mas ataviada que el mismo ornato, mas santa que la santidad, y sola santa, y purísima en el alma y en el cuerpo, que superó toda integridad y virginidad, y sola convertida totalmente en domicilio de todas las gracias del Espíritu Santo, y que, la excepción de sólo Dios, resultó superior a todos, y por naturaleza más hermosa y vistosa y santa que los mismos querubines y serafines y que toda la muchedumbre de los ángeles, y cuya perfección no pueden, en modo alguno, glorificar dignamente ni las lenguas de los ángeles ni las de los hombres. Y nadie desconoce que este modo de hablar fue trasplantado como espontáneamente, a la santísima liturgia y a los oficios eclesiásticos, y que nos encontramos a cada paso con él y que lo llena todo, pues en ellos se invoca y proclama a la Madre de Dios como única paloma de intachable hermosura, como rosa siempre fresca, y en todos los aspectos purísima, y siempre inmaculada y siempre santa, y es celebrada como la inocencia, que nunca sufrió menoscabo, y, como segunda Eva, que dio a luz al Emmanuel.



16. Universal consentimiento y peticiones de la definición dogmática.



No es, pues, de maravillar que los pastores de la misma Iglesia y los pueblos fieles se hayan gloriado de profesar con tanta piedad, religión y amor la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen Madre de Dios, según el juicio de los Padres, contenida en las divinas Escrituras, confiada a la posteridad con testimonios gravísimos de los mismos, puesta de relieve y cantada por tan gloriosos monumentos de la veneranda antigüedad, y expuesta y defendida por el sentir soberano y respetabilísima autoridad de la Iglesia, de tal modo que a los mismos no les era cosa más dulce, nada más querido, que agasajar, venerar, invocar y hablar en todas partes con encendidísimo afecto a la Virgen Madre de Dios, concebida sin mancha original. Por lo cual, ya desde los remotos tiempos, los prelados, los eclesiásticos, las Ordenes religiosas, y aun los mismos emperadores y reyes, suplicaron ahincadamente a esta Sede Apostólica que fuese definida como dogma de fe católica la Inmaculada Concepción de la santísima Madre de Dios. Y estas peticiones se repitieron también en estos nuestros tiempos, y fueron muy principalmente presentadas a Gregorio XVI, nuestro predecesor, de grato recuerdo, y a Nos mismo, ya por los obispos, ya por el clero secular, ya por las familias religiosas, y por los príncipes soberanos y por los fieles pueblos. Nos, pues, teniendo perfecto conocimiento de todas estas cosas, con singular gozo de nuestra alma y pesándolas seriamente, tan pronto como, por un misterioso plan de la divina Providencia, fuimos elevados, aunque sin merecerlo, a esta sublime Cátedra de Pedro para hacernos cargo del gobierno de la universal Iglesia, no tuvimos, ciertamente, tanto en el, corazón, conforme a nuestra grandísima veneración, piedad y amor para con la santísima Madre de Dios, la Virgen María, ya desde la tierna infancia sentidos, como llevar al cabo todas aquellas cosas que todavía deseaba la Iglesia, conviene a saber: dar mayor incremento al honor de la santísima Virgen y poner en mejor luz sus prerrogativas.



17. Labor preparatoria.



Mas queriendo extremar la prudencia, formamos una congregación, de NN. VV. HH. de los cardenales de la S.R.I., distinguidos por su piedad, don de consejo y ciencia de las cosas divinas, y escogimos a teólogos eximios, tanto el clero secular como regular, para que considerasen escrupulosamente todo lo referente a la Inmaculada Concepción de la Virgen y nos expusiesen su propio parecer. Mas aunque, a juzgar por las peticiones recibidas, nos era plenamente conocido el sentir decisivo de muchísimos prelados acerca de la definición de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo, escribimos el 2 de febrero de 1849 en Cayeta una carta encíclica, a todos los venerables hermanos del orbe católico, los obispos, con el fin de que, después de orar a Dios, nos manifestasen también a Nos por escrito cuál era la piedad y devoción de sus fieles para con la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, y qué sentían mayormente los obispos mismos acerca de la definición o qué deseaban para poder dar nuestro soberano fallo de la manera más solemne posible.



No fue para Nos consuelo exiguo la llegada de las respuestas de los venerables hermanos. Pues los mismos, respondiéndonos con una increíble complacencia, alegría y fervor, no sólo reafirmaron la piedad y sentir propio y de su clero y pueblo respecto de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen, sino también todos a una ardientemente nos pidieron que definiésemos la Inmaculada Concepción de la Virgen con nuestro supremo y autoritativo fallo. Y, entre tanto, no nos sentimos ciertamente inundados de menor gozo cuando nuestros venerables hermanos los cardenales de la S.R.I., que formaban la mencionada congregación especial, y los teólogos dichos elegidos por Nos, después de un diligente examen de la cuestión, nos pidieron con igual entusiasta fervor la definición de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios.



Después de estas cosas, siguiendo las gloriosas huellas de nuestros predecesores, y deseando proceder con omnímoda rectitud, convocamos y celebramos consistorio, en el cual dirigimos la palabra a nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa romana Iglesia, y con sumo consuelo de nuestra alma les oímos pedirnos que tuviésemos a bien definir el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios.



Así, pues, extraordinariamente confiados en el Señor de que ha llegado el tiempo oportuno de definir la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios la Virgen María, que maravillosamente esclarecen y declaran las divinas Escrituras, la venerable tradición, el perpetuó sentir de la Iglesia, el ansia unánime y singular de los católicos prelados y fieles, los famosos hechos y constituciones de nuestros predecesores; consideradas todas las cosas con suma diligencia, y dirigidas a Dios constantes y fervorosas oraciones, hemos juzgado que Nos, no debíamos, ya titubear en sancionar o definir con nuestro fallo soberano la Inmaculada Concepción de la Virgen, y de este modo complacer a los piadosísimos deseos del orbe católico, y a nuestra piedad con la misma santísima Virgen, y juntamente glorificar y más y más en ella a su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, pues redunda en el Hijo el honor y alabanza dirigidos a la Madre.



18. Definición.



Por lo cual, después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las públicas de la Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorando el auxilio de toda corte celestial, e invocando con gemidos el Espíritu paráclito, e inspirándonoslo él mismo, para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano. Por lo cual, si algunos presumieren sentir en su corazón contra los que Nos hemos definido, que Dios no lo permita, tengan entendido y sepan además que se condenan por su propia sentencia, que han naufragado en la fe, y que se han separado de la unidad de la Iglesia, y que además, si osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho.



19. Sentimientos de esperanza y exhortación final.



Nuestra boca está llena de gozo y nuestra lengua de júbilo, y damos humildísimas y grandísimas gracias a nuestro Señor Jesucristo, y siempre se las daremos, por habernos concedido aun sin merecerlo, el singular beneficio de ofrendar y decretar este honor, esta gloria y alabanza a su santísima Madre. Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y trajo la salud al mundo, y que gloria de los profetas y apóstoles, y honra de los mártires, y alegría y corona de todos los santos, y que refugio segurísimo de todos los que peligran, y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santo, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades de todas clases a los pueblos fieles y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad, para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.



Escuchen estas nuestras palabras todos nuestros queridísimos hijos de la católica Iglesia, y continúen, con fervor cada vez más encendido de piedad, religión y amor, venerando, invocando, orando a la santísima Madre de Dios, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original, y acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gracia en todos los peligros, angustias, necesidades, y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida. Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano, constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y colocada por encima de todos los coros de los ángeles y coros de los santos, situada a la derecha de su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales y encuentra lo que busca, y no puede, quedar decepcionada.



Finalmente, para que llegué al conocimiento de la universal Iglesia esta nuestra definición de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, queremos que, como perpetuo recuerdo, queden estas nuestras letra apostólicas; y mandamos que a sus copias o ejemplares aún impresos, firmados por algún notario público y resguardados por el sello de alguna persona eclesiástica constituida en dignidad, den todos, exactamente el mismo crédito que darían a éstas, si les fuesen presentadas y mostradas.



A nadie, pues, le sea permitido quebrantar esta, página de nuestra declaración, manifestación, y definición, y oponerse a ella y hacer la guerra con osadía temeraria. Mas si alguien presumiese intentar hacerlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios y de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Dado el 8 de diciembre de 1854. Pío IX.

domingo, 18 de noviembre de 2012

martes, 30 de octubre de 2012

MEDITACION Nº 22 JESUS CON ESTA DEPENDENCIA SOLO HA BUSCADO LA GLORIA DE SU PADRE



Preludios.- Como en la meditación 18.

Punto 1º.- ¿Y para qué hijas mías, tanta dependencia de Jesús a costa de tantos sacrificios?. No más que para glorificar a su Padre. –“Yo no busco mi gloria sino la gloria de Aquel que me ha enviado”. (1)  –“Yo honro a mi Padre”. (2) - Y El mismo en la oración que hace a su Eterno Padre, empieza por decirle: –“Yo te he glorificado sobre la tierra”. (3)  –“Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a Ti”. (4) -
Punto 2º.- Y cuando el Padre lo glorifica con voz del cielo, (5) Jesús to­do lo refiere a su Padre diciendo: –“Quien cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me envió. Y el que me ve a mí, ve a Aquel que me envió. (6) - El que me ve a mí, ve también al Padre”. (7) -
Punto 3º.- Y porque no busca su gloria sino la de su Padre, por eso dice que su doctrina es verdadera y para manifestar como, mientras El busca la glo­ria del Padre, éste glorifica al Hijo, dice: –“Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria es nada; mi Padre es el que me glorifica”. (8) - Y cuanto más des­precia Jesús su propia gloria, es más glorificado de su Padre. Al presentarse como hombre que nace en pecado, en el Templo es reconocido y declarado verdadero Mesías; al ser bautizado como hombre que ha cometido pecado, es presentado por el Eterno Padre como el Maestro; en la Cruz es reconocido Hijo de Dios, y porque a Ella subió como si fuera el último de los hombres, recibió un nombre que es sobre todo nombre y al pronunciarlo se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno. (9) -
Afectos.- Sea mi única gloria Dios mío, glorificarte siempre al modo que lo hace tu Divino Hijo, cumpliendo en todo tu voluntad, en mis enseñanzas y en mis obras; y cueste Señor lo que me costare. ¿Qué es la ignominia de la Cruz comparada con tu Gloria?. -
Propósito.- Hacer siempre la voluntad de Dios.
(1)                  
(2)       Joan.    Cap.   8, v. 49.
(3)       Joan.    Cap. 17, v.   4.           
(4)       Joan.    Cap.   7, v.   1.           
(5)       Joan.    Cap. 12, v. 28.
(6)       Joan.    Cap. 12, v. 44 - 45.
(7)       Joan.    Cap. 14, v.   9.
(8)       Joan.    Cap.   8, v. 54.
__________

MEDITACION Nº 419
Miércoles 20 de Junio de 1906. a.m.
JESUS CON ESTA DEPENDENCIA
SOLO HA BUSCADO LA GLORIA DE SU PADRE

Parece que meditar en esto es una cosa así, muy elevada, muy grande para nosotros, como que es nada menos el tratar del Eterno Padre y de su gloria, que era lo único que buscaba Dios Ntro. Señor al venir al mundo. El nunca tra­tó de darse gloria a sí mismo, sino de glorificar a su Padre celestial, y por eso al presentarse como pecador, permitió que lo humillaran y lo desconocieran para que así no fuera ninguna gloria para el Hijo sino toda para el Padre que lo había enviado. Eso nos debe hacer ver que en todas las obras de Dios, se ha de procurar darle a El solo toda la gloria, y que por eso permite muchas veces que se vean combatidas, calumniadas, perseguidas de tal suerte que no les lle­gue a quedar una sola persona a favor sino que todo el mundo esté en contra, para que así a la hora del triunfo se vea que solamente Dios Ntro. Señor salvó lo que era suyo, y que la gloria ha de recaer nada más en El. Sí hijas mías, así ha querido Ntro. Señor que vaya pasando con nosotros, y por eso ven que hasta las personas que más a favor nuestro estaban, manifestándose adictas a la Esclavitud y siendo defensores suyos; de las que alguna vez llegué hasta a decir que Dios les había dado a conocer la Obra presentándoles la estrella que los había de guiar, y que así pasaba con el Señor Obispo de León, ahora ha permitido Dios Ntro. Señor que hasta a ese defensor lo veamos volteado, para que así resalte más la gloria del Eterno Padre que a la vez glorifica a su Santísimo Hijo dejándolo enteramente a El solo de parte nuestra.
No pueden Vds. imaginar siquiera la felicidad tan grande que se siente en el alma cuando sabe uno que en medio de un desprecio tan terrible, tan absoluto, tiene uno sin embargo de su parte a Dios Ntro. Señor. Así me lo hace ver en la oración; y cada vez que recurro a El para quejarme del abandono en que estamos porque todos nos desprecian, y le lloro diciéndole: –“Ya ves Señor qué situación la nuestra, ¡todo el mundo en contra!”, oigo claro cómo me res­ponde: –“y yo a favor”. Esta mañana a las tres, estando yo en oración y pensando precisamente en lo mismo, veía yo una cara burlesca que se reía a carca­jadas porque todos nos tiran. (No sé si sería mi imaginación, así es que no me lo crean) pero sin embargo, pienso que no fue cosa mía, porque estaba yo con Dios, y esa cara me pareció del demonio que quería burlarse de nosotros, lleno de alegría, pero entonces Ntro. Señor me volvió a repetir lo que siempre me ha dicho, y sentí un consuelo inmenso al entender: “Estoy contigo; yo siempre a tu favor”. ¡Qué mejor defensor queremos hijas mías! por eso ven que a mí no me importa que todos los hombres sean enemigos nuestros, y que en la tierra no haya quien hable a favor de la Obra; mientras tengamos a Dios propicio no hay por qué temer, al contrario, debemos contar con la seguridad del triunfo porque Ntro. Señor así lo quiere.  Si El no nos concede tener un defensor siquiera en el mundo, es porque quiere ser el único encargado de sostener su Congre­gación en medio de una lucha tan terrible, y el solo abogado que quiere que tengamos desde ahora, es el primer esclavo que se llevó a su lado. Luisito que ha sido el primer santo de la Obra, el San Estanislao de Kotska de la Esclavi­tud como alguno dijo, porque vivió muy poco y se santificó muy pronto, será el que nos alcance de Dios Ntro. Señor todas las gracias que quiera derramar sobre la Obra; por eso se lo llevó cerca de la Divina Niña, porque allí serían más eficaces sus peticiones.
Dios Ntro. Señor formó el alma de Luisito para la virtud no cabe duda; y lo quiso hacer santo desde niño; pero necesitó traerlo a la Esclavitud para ponerle sello a su santidad. Ese sello quiso que fuera el de una Congregación religiosa que principiaba pero que había de darle mucha gloria, y por eso le impregnó en su alma tan bien impregnado el amor a la Esclavitud. No hay duda que él fue nuestro primer hijo en la tierra, y ahora es nuestro primer santo en el cielo; el que intercederá por nuestra causa, porque amó mucho la Obra, supo apreciar la grandeza de ella, conoció nuestras necesidades, y también nos tuvo un gran amor a nosotros; él es quien nos traerá cada día los recados que Dios Ntro. Señor quiera mandarnos; él estará constantemente unido a todos los esclavos y esclavas, pero para que esa unión exista, es preciso que tenga por lazo el sacrificio perpetuo. Si Vds. todas viven sacrificándose siempre, verán cómo alcanzan todo cuanto pidan; necesitan hijas mías ser muy sacrificadas, si es que desean tener comunicación con ese santo escogido por Dios; necesitan no pedir nunca sino cosas santas, para que así le ruegue él a Dios Ntro. Señor que se las conceda, porque si tienen deseos de algo que no esté conforme en todo a la voluntad de Dios, si él ve que no se resignan a sufrir callando, que no procuran moderar su voz cuando hablan, que cuando sienten indignación no se domi­nan sino que la desahogan diciendo palabras duras en contra de la persona que nos ha injuriado; que no se hacen el ánimo de vencerse docilitando su juicio, no esperen que esté a su favor porque los bienaventurados como todo lo ven en Dios y lo quieren para Dios buscando únicamente su gloria, no se unen jamás con las almas que están llenas de imperfecciones, que no quieren amar el sacrificio, que procuran huir del desprecio porque no tienen ganas de ser humildes; que si se les corrige se disculpan siempre, y que no apetecen sino su modo propio y no el que Dios N. Señor quiere que tengan y para eso se los impregna.
Así es que no lo olviden, sacrifíquense mucho si quieren que Luisito le presente a la Divina Niña sus actos de amor y les traiga recados suyos diciéndoles cómo se han de vencer para llegar a una verdadera santidad en la Esclavitud.
Postradas en la presencia de la Divina Niña deseosas verdaderamente porque así debemos estar, de la santificación de nuestras almas, ya que Ntro. Señor nos ha hecho la gracia inmensa de apartarnos por completo del mundo y de todos los lugares donde podríamos encontrar recreo para traernos al lugar del desprecio, vamos a darle las gracias porque nos ha proporcionado el más seguro medio de alcanzar la santidad. No se cansen hijas mías, sólo viviendo al lado del desprecio es como se santifican las almas; por eso a Luisito que fue el escogido por Dios como víctima, como el primer santo de la Esclavitud que quiso lle­varse al cielo, lo trajo aquí precisamente en los momentos del mayor abandono, cuando el mundo entero estaba volteado en contra nuestra, cuando sufríamos el desprecio general, porque así quiso sellar su santidad. Ahora si nosotros que­remos estar unidas a él que es un bienaventurado, para rogarle que pida por nosotros, que sea el emisario de nuestras peticiones ya que está cerca de Dios Ntro. Señor y de la Divina Niña, les vuelvo a repetir que necesitamos amar mu­cho el sacrificio, vencernos constantemente, docilitar nuestra voluntad, doblar bien doblada la cabeza para rendir el juicio, para que así vea que tenemos verda­dero afán de cumplir la voluntad de Dios, de sujetarnos a ella a toda hora y en todo momento, y de esa manera interceda con Dios Ntro. Señor para que nos ponga el sello de la Obra de la Esclavitud que es un sello de pura obediencia, de amor y sacrificio; y una vez selladas de esa manera seremos reconocidas en la gloría por los bienaventurados y podremos estar en comunicación con ellos y sobre todo con Luisito, con el primer esclavo que será el encargado de traernos los recados de Dios Ntro. Señor, y de conseguir todas las gracias que necesitemos y las que re­dunden en gloria para Dios, para la Divina Niña y para la Esclavitud.
Le pediremos la bendición a Ntro. Señor Sacramentado para Nuestro Padrecito y para nosotros. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Acordaos ¡oh piadosísima Virgen María, &.

MEDITACION Nº 21




4º.- HA CUMPLIDO EN TODO LA OBRA DEL PADRE
Preludios.- Como en la meditación 18.

Punto 1º.- Y esta unión de la divina voluntad y la voluntad de Jesús no es puramente interna; las obras de Cristo igualmente dependen de su Eterno Pa­dre. –“En verdad, en verdad os digo: El hijo no puede hacer por sí cosa algu­na, sino lo que viere hacer al Padre”. (1) -
Punto 2º.- Y no tuvo Jesús más empeño toda su vida, que hacer la obra pa­ra la cual su Padre lo había enviado al mundo. –“Mi comida, dice Jesús, es que haga yo la voluntad del que me envió, y que cumpla su obra”. (2) - Para que las obras de Dios sean a todos manifiestas, (3) Jesús da vista a los ciegos y resucita a los muertos, pues así, viendo todos que hace obras divinas, todos crea­mos en El y nos decidamos a seguirlo a toda costa, a la manera que dijeron los Apóstoles cuando Jesús marchaba a la Judea donde hacía poco que lo querían ma­tar: –“Vamos también nosotros y muramos con El”. (4) -
Punto 3º.- Observa hija mía, en qué momentos tan solemnes da Jesús testi­monio de que no hizo otra cosa que hacer la obra de su Eterno Padre que le había encomendado. Escucha cómo dice en la oración que hace antes de su Pasión: –“Yo te he glorificado Padre, sobre la tierra; he acabado la obra que me diste a hacer”. (5) - Y cuando estaba clavado en la Cruz y había encomendado el cui­dado de María a Juan y viceversa, sabiendo Jesús que todas las cosas eran cumplidas…... dijo: –“Consumado es”, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu. (6) - Y cuando ya estaba a punto de ascender a los cielos el Salvador del mundo decía: –“Era necesario que se cumpliese todo lo que estaba escrito de El en la Ley de Moisés, y en los Profetas y en los Salmos”. (7) -
Afectos.- En todo has cumplido la Ley de tu Padre, en las palabras y en las obras; ni una jota ni un ápice han pasado de la Ley hasta que todo ha sido cumplido en Ti. - Porque no veniste a quebrantar la Ley sino a cumplirla, para cuyo fin te hiciste obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. -
Propósito.- Sujetarme a la Ley cuanto me fuere posible, huyendo siempre toda singularidad.
Notas de la Meditación 21. -
(1)       Joan.    Cap.    5,   v. 19.
(2)       Joan.    Cap.    4,   v. 34.
(3)       Joan.    Cap.    9,   v.   3.
(4)       Joan.    Cap.    11, v. 16.
(5)       Joan.    Cap.    17, v.   4.
(6)       Joan.    Cap.    19, v. 28 - 30.
(7)       Luc.     Cap.    24, v. 44.
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MEDITACION Nº 431
Jueves 5 de Julio de 1906. a.m.
HA CUMPLIDO EN TODO LA OBRA DEL PADRE

Dice el libro que Jesucristo no tuvo más voluntad que la de su Eterno Pa­dre, y que todo su empeño consistió en cumplir la Obra para la cual su Padre lo había enviado al mundo para darnos ejemplo y enseñarnos cómo se cumple la voluntad de Dios. Si nosotros seguimos su voz y somos fieles en seguirla, ha­bremos hecho la voluntad del Padre, haciendo la de su Santísimo Hijo puesto que El en todo y por todo no tiene otra que la de su Padre Celestial; de mane­ra que siguiendo a Jesús y obedeciendo sus mandatos, llegaremos a lo que Dios Ntro. Señor quiere que hagamos, que es: renunciarnos a nosotros mismos para no tener más voluntad que la suya.
Cuando Dios Ntro. Señor quiere llamar a una alma a la vida religiosa y le da las gracias de sentir una verdadera vocación, no necesita esa alma más que corresponderle con actos de sacrificio y amor, y entonces no es preciso muchos emisarios que vayan de parte de Dios a conquistarla, porque no es así como Ntro. Señor nos solicita. Díganme, cuando Luisito y Angelina sintieron en su corazón esa necesidad tan grande de hacer algo para trabajar por la santidad de su alma, ¿hubo muchos misioneros que se encargaran de traerlos aquí? yo no sé que así haya pasado; ellos buscaron el modo de ser santos porque Dios así quería que lo hicieran, y trataron de acercarse a Nuestro Padre porque les atraía, y pensaban que al lado suyo podrían encontrar lo que deseaban. Una vez resueltos a seguir el camino que Dios Ntro. Señor les trazaba, ¡qué les impor­tó todo lo demás! nada absolutamente, sino que pasaron por todo para romper el muro de dificultades que pudiera levantarse ante ellos, y se dieron por completo viniendo a entregar cuanto poseían: muebles, dinero, personas, sin reservarse nada, sin detenerles el pensamiento de que perderían todo puesto que traían todas sus cosas a un Asilo, en donde hoy verían un mueble hecho pedazos en manos de tanta niña, y mañana se encontrarían con sus alfombras rotas, manchadas, echadas a perder. Pues bueno, a pesar de tener en su alma impregnado el amor al orden y el gusto de tener todas sus cosas con toda comodidad y arregladas, de todo eso prescindieron con gusto en cuanto Dios Ntro. Señor les hizo ver que debían buscar la santidad. Desde ese momento ya no les bastó la felicidad que en su casa disfrutaban, ni les llamaron la atención paseos y diversiones que hubieran podido proporcionarse con lo mismo que Dios les había dado para que lo gozaran, sino que sólo apetecían algo que no se explicaban y que no era aquello, y por eso buscaron la felicidad en la vida de sacrificio. Y luego, cuando Luisito en la oración, recibió aquellas mociones de Dios que fueron hermosísimas, y cuando sintió aquella cadena puesta al cuello por la Divina Niña que tanto le impresionó, que ya saben Vds. que en ese momento lleno de alegría, le dijo con toda su alma: –“¡Madre mía, apriétala!”, y cuando después se vio, rompiendo un muro terrible armado él de un zapapico y golpeando con tal fuerza para romperlo, que se sentía desfallecido, bañado en sudor que Angelina le limpiaba con un pañuelo, y al llegar a romperlo después de grandes esfuerzos, ver esa procesión de esclavos que no tenía fin, ¿no les parece a Vds. que fue un regalo hermosísimo el que Dios quiso hacernos, y el que a Luisito le hizo tam­bién dándole esas mociones en la oración que son encantadoras?. Sí hijas mías, todo eso es muy hermoso, y la santidad alcanzada por Luisito prueba hasta la evidencia que la Esclavitud es santa, puesto que a sus fervientes y constantes ruegos pidiéndole a Dios la santidad, lo trajo donde pudiera adquirirla. El hecho de que los dos pusieran aquí cuanto tenían entregándose por completo a la Obra, y viniendo a ella precisamente en los momentos en que todos estaban en contra nuestra, ¿no les dice claro a Vds. que fueron los escogidos por Dios Ntro. Señor para sacrificarse, y para que él se ofreciera como la víctima para sufrir el martirio por la Divina Infantita?. Sí hijas mías, Dios no quiso dar­le esa gloria a ninguno de los que habían sido sus devotos de la Divina Niña, porque la tenía reservada para Luisito; y por eso mientras a todos los demás los alejaba, a ellos les dio el toque de gracia, el amor tan grande a la santidad, y el deseo de llegar delante de la Divina Niña y decirle: –“Somos tuyos; todo cuanto poseemos venimos desde este momento a depositarlo a los pies de la Sma. Virgen pequeñita; ahora vamos a tomar la Cruz, a tener penas y tribulaciones por consuelo, penas y tribulaciones por descanso para no descansar sino en el cielo”. Luisito dio con gusto a su esposa a quien tanto amaba, se dio a sí mismo para romper el muro de dificultades, y se realizó lo que él en su oración había visto. El a fuerza de sufrimientos logró derribarlo, y no le faltó en aquellos momentos, su pocha, así lo vi en la oración, caminando al lado de él a la santidad, ayudándole a romper, limpiándole el sudor de su frente, y dándole consuelos, porque al estar allí a su lado participando de su sacrifi­cio parecía decirle: –“Aliéntate, yo estoy aquí como un soldado valiente y me siento firme para luchar; somos ahorita como una sola alma que va a romperse en dos: tú para ir al cielo a rogar y a interceder cerca de Dios, y yo para quedarme en la tierra entregada al sacrificio, y matándome por lo que los dos amamos tanto”. ¡Cuántas amarguras no sufrió Luisito y también ella, desde el momento que quisieron darse a la Esclavitud!. ¡Cuántas ocasiones tendrían el corazón hecho pedazos con las injurias que nos hacían los enemigos, puesto que nos amaban ellos tanto!. Y sin embargo, en medio de esas penas, no hubo un so­lo momento en que hubieran titubeado, ni en que él pensara: –“¿sufrirá ella mucho? ¡para qué me vendría!”. Eso no, siempre fue firme y Vds. le oyeron decir lleno de alegría cuando más atormentada estaba su alma: –“¡Benditas tribulaciones! ¡benditos sufrimientos! ¡cómo le pagaré a Dios Ntro. Señor que nos haya traído a esta santa casa!”.
¡Así se rompen muros hijas mías! de otra manera, el amor no existe porque es imposible buscar a Dios y pretender ir en pos de El, si no queremos tomar sobre los hombros la Cruz para seguirlo. Todo el que quiera caminar al lado de Dios Ntro. Señor, tiene que atravesar mares de amarguras, ríos de tribulacio­nes, y embarcarse sin tratar de descansar en tierra, para llegar a descansar sólo en el Cielo. Así se lo pongo a Nuestro Padre en una tarjeta postal, en la que le digo también: que a fuerza de sufrir y de luchar con grandes tempesta­des, es como Dios ha querido darnos la fecundidad”. Ntro. Señor nos ha probado de muchas maneras que ama la Esclavitud, y que por eso le ha hecho regalos hermosísimos; que nos dio a la Divina Niña para que Ella fuera la Reina de la Obra, para que al mundo se la presentáramos diciéndole: –“Esta Niña, es la representación de la Inmaculada Concepción pequeñita, y con el nombre de Divina Infantita la han de amar y darle culto”; que luego no le bastó darnos a la Rei­na, sino que nos dio Templo para que Ella tuviera su trono, un pedestal, y desde allí concediera todas las mercedes y favores que fueran a pedirle; que por último, nos ha dado a Nuestro Padre y a mí, hijos e hijas, para que sean los vasallos que le rindan homenaje y le den gloria, sacrificándose por su amor.
¡Qué justo es que ahora nos postremos a los pies de la Divina Niña, para rogarle que una nuestros sacrificios a los que ya ha aceptado de Luisito, del emisario nuestro que tiene cerca de Ella y que constantemente ha de pedir por nosotros, ha de alcanzar muchos favores para la Esclavitud, y sobre todo las gracias que necesitamos para que nuestras almas lleguen a la santidad. Es imposible que nos quedemos sin ellas; debemos luchar por alcanzarla a toda costa, porque Dios Ntro. Señor nos ha traído a una Obra santa; el emisario de la Esclavitud, el único que fue digno de ocupar ese lugar en el cielo después de haber dado su vida, tiene que conseguir mucho, y a él hemos de decirle que ruegue para que siga rompiéndose ese muro de dificultades que él fue el primero en romper; que vengan ya a México sacerdotes esclavos, pero que lleguen con verdadero afán de sacrificarse, y decididos a tener el espíritu de niñez que se les ha de impregnar, porque si no tienen ese espíritu, ¿para qué los quere­mos?. Hace mucha falta el sacerdocio en la Obra, es verdaderamente indispensa­ble la venida de un esclavo siquiera, pero de un esclavo verdadero que quiera amar con locura, para que de esa manera comunique después ese amor a las almas y las lleve a Dios enseñándoles que la Divina Niña nos ha de conducir a El, nos ha de dar el triunfo de la Esclavitud, y nos ha de enseñar como Madre, como Maestra y como Modelo a que hagamos en todo la voluntad de su Santísimo Hijo para poder decir que hacemos la del Eterno Padre.
Le pediremos la bendición para Nuestro Padrecito y para nosotros, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Acordaos ¡oh piadosísima Virgen María, &.