lunes, 8 de abril de 2013

Meditación de nuestra Madre Fundadora acerca: "DE LA ENCARNACION DEL DIVINO VERBO"




 Hoy celebramos en la Iglesia Universal "la Anunciación del Señor", que quiere decir, el mensaje que tenia el ángel Gabriel a María, en donde Ella, iba a recibir al Hijo de Dios, en su seno.
Nuestra Madre  M. Rosario de Jesús Arrevillaga Escalada, hizó una reflexión hermosa acerca de este evento tan importante para nuestra vida congregacional. 
Y nos muestra que en este gran misterio de amor, Dios quizó que su Hijo se encarnara en el seno de la Virgen María, para que participara en toda nuestra condición humana, para que así, nosotros lo reconozcamos  como Dios y Hombre verdadero. 
Encontrando en ello, nuestro sustento para permanecer fieles al Señor.

¡Cuánto no será el amor de Dios Ntro. Señor a las almas, que por salvarnos no ha rehusado ningún sacrificio, y siendo Dios y sin tener necesidad de noso­tros, solamente por lo mucho que nos ama se impuso toda clase de privaciones al venir al mundo queriendo tomar nuestra carne débil y miserable y sufriendo desde el primer momento la estrechez durante nueve meses que quiso encerrarse en el seno de María como dice el libro. Sin embargo de que sentía molestias puesto que no era como todos los hombres sino que tenía uso de razón y pensaba y sentía lo que nosotros en esa edad no podemos sentir, voluntariamente se su­jetó a esa pequeñísima prisión para librarnos a nosotros de la cárcel del In­fierno, y haciéndose cautivo por amor darles la libertad a los que amaba. Nada escatimó Dios Ntro. Señor de sufrimientos con tal de arrancarnos del poder de Satanás hijas mías, y en cambio nosotros nada queremos darle, le negamos el sacrificio más pequeño, no toleramos la contrariedad más insignificante y si en algo le servimos al momento queremos exigir la recompensa de aquel pobrísimo servicio. Quisiéramos que nos proporcionara elogios, alabanzas, palabras de consuelo, cada vez que nosotros intentamos siquiera hacer un vencimiento; qui­siéramos que no pasara desapercibida una acción buena que nosotros por gracia de Dios hemos hecho, y nos gustaría que el mundo entero lo celebrara como una gracia, que les llamara la atención, que nos colmara de admiraciones, y que Ntro. Señor también nos diera cariños y regalos en abundancia. Eso no tiene mérito hijas mías, únicamente prueba que no sabemos ser agradecidas, que desconocemos los beneficios de Dios y que no trabajamos por amor desde el momento en que cobramos el salario de nuestro trabajo. Las almas que aman con locura se saben matar por el objeto amado y no se les ocurre ni siquiera pensar que lo que hacen es digno de tomarse en cuenta y que merece recompensa, porque es tal el amor que siente su corazón que todo sacrificio les parece corto.
Así es como debemos amar en la Esclavitud, así es como hemos de ir a Dios para decirle: –“Nada espero, nada pido, porque sé bien que muy poco vale lo que he hecho por ti en comparación de lo que Tú me has dado; de manera es que aquí me tienes dispuesta a martirizarme, no por la esperanza del premio, no por la recompensa que me ofreces, sino únicamente porque te amo. Sí Señor, porque te amo me venzo, porque te amo sufro, porque te amo me callo cuando me ofendan, y porque te amo me sacrifico, y si después de servirte comprendes que soy tan miserable que no merezco otra cosa que el Infierno, hasta ese acepto si Tú lo ordenas porque no quiero otra cosa que cumplir tu voluntad y sujetar­me con gusto a lo que mandes”.  No por eso quiero decirles que no deseen y pidan la salvación, eso no, porque estamos obligados todos a pedirla y a traba­jar por alcanzarla, pero sí me refiero a decirles que de tal manera se han de conformar a la voluntad de Dios, que todo lo que venga de su mano lo reciban con agrado y les parezca encantador.
Así es como se trabaja por Dios Ntro. Señor y así se le manifiesta el amor. Por eso no han de vivir solicitando cariños ni atenciones, ni han de de­cir como alguna, en cuanto no se le hace caso ni algo de lo que ella quisiera que al momento se contraría y dice: –“Seguramente a mí no me ven como Esclava y por eso todos me desprecian y no se ocupan de mí”, porque hijas mías, si nadie hiciera otra cosa que tratarla con desprecio y ella fuera humilde, esa sería la mejor prueba que podía tener de que era digna de llamarse Esclava puesto que como a esclava la trataban. Ya saben todas cual es el tratamiento de un esclavo y cómo el que quiere serlo ha de vivir humillado, siempre venciéndose y doblándose delante de todo el mundo, y sin engreírse jamás, si algo bueno hace o practica alguna virtud, porque entonces prueba que se ama mucho a sí mismo cuando se cree capaz de ser el autor de una buena acción. No hijas mías, por eso no hay que envanecerse sino correr a Dios y decirle: –“Si algo bueno hice Señor, no he sido yo, tu gracia lo hizo en mí; eras Tú solo el que me impulsabas y le dabas movimientos a mi corazón; si algo bueno puedo llegar a ser en lo de adelante será también por lo que Tú obres en mí, y en cambio mis faltas, mis caídas, mis debilidades todas son propias, hijas de mi mucha miseria; son las flores de mi huerto y lo único que yo podría ofrecerte si Tú no me ayudaras”. Por supuesto que no basta pensar así de nosotros mismas ni decirle a Dios, si no sabemos ser humildes a la hora que nos corrigen y nos prueban; lo que necesitamos es vivir persuadidas de nuestra profunda miseria para que cuando nos acusen no nos disculpemos; esa es la mejor manera de mani­festar que valemos muy poco y no somos capaces de hacer nada bien. ¡Cuántas veces sucederá que a cualquiera de Vds. se le reprenda por un defecto que ni siquiera tenga! pues a pesar de no tenerlo la que es humilde siempre cree que los tiene todos y en lugar de sentirse indignada, agradece la reprensión y contesta llena de dulzura: –“Tiene V. razón, soy incapaz pero ya voy a procurar corregirme”. Nunca discutan cuando se les diga que han hecho tal cosa; aún cuando no lo hayan hecho callen y dóblense inmediatamente. Si yo les digo: –“Son muy duras y de esa manera nunca podrán atraer a las almas”, no me res­pondan como luego lo hacen, no tomen en el acto la palabra para defenderse y decir: –“Yo no soy dura, vera V. cómo las almas no huyen de mí, si yo soy dulce y agradable en mi trato”. Esa contestación es una disculpa y un Escla­vo no debe disculparse. Acuérdense de Dios Ntro. Señor, ¡cómo lo humillaron! ¡cómo lo acusaron injustamente! ¡cómo lo calumniaron! y con todo jamás se de­fendió y siempre callaba. ¿Por qué callaba? por nuestro amor; por eso padeció tormentos tan crueles y los sigue padeciendo todavía cuando siente la ingrati­tud de las almas a las que ha redimido y las ve apartarse de El para buscar a Satanás que se las arrebata porque no puede resistir ese amor de Dios tan infinito para nosotros. ¿Cómo creen Vds. hijas mías que el demonio pueda estar tranquilo y no rabie de envidia, al ver que él se perdió eternamente por un pensamiento de soberbia y que nosotros con todo y que pecamos tenemos esperanza de salvarnos porque nos redimió con su Sangre el mismo Dios? eso nunca lo tolerará y por lo tanto se empeña en perdernos para que de ese modo la Redención no nos aproveche y Dios Ntro. Señor tenga la pena de vernos perdidas para siempre a pesar de todos sus sacrificios. Pero no lo conseguirá, no se hará el dueño de nuestras almas si nosotros sabemos vencernos, si estimamos la gracia in­mensa que nos hizo Ntro. Señor al quedarse en el Santísimo  Sacramento, y si sabemos vivir tan ajustadas que la Comunión diaria nos sirva como preparación para la de mañana la que hemos recibido hoy, y al mismo tiempo como acción de gracias de la de ayer. Por eso verán Vds. que no me espanta cuando por la necesidad dejan de confesarse bastantes días; no me asusta pensar que siguen comulgando porque sé que el Sacramento en sí da mucha fortaleza. No por eso apruebo que la confesión se retarde eso no, ni quiero que tomen como una máxima para cumplirla, el dilatar la confesión sin necesidad, eso nunca, porque es claro que más arreglado vive quien más frecuenta los Sacramentos y que la absolución es necesaria para purificarnos, pero sí quiero que en un caso como el presente en que nos vemos privadas de ese consuelo porque no hay quien nos tenga caridad y nos confiese, no se turben ni se intranquilicen al grado de dejar la Sagrada Comunión. Vivan bien, teniendo presencia de Dios, venciendo sus defectos, obe­deciendo sin replicar, humillándose a todas horas, cumpliendo el Reglamento, y todo eso hará que siempre estén dispuestas a recibir la absolución de Dios Ntro. Señor y a guardarlo Sacramentado dentro de su pecho. ¿No consideran qué felicidad tan grande sentiría la Sma. Virgen al saber que aquel Niño que llevaba con Ella, que estaba tan unido a Ella era Dios? pues esa misma felicidad es la nuestra cuando lo recibimos dentro de nuestra alma porque no puede haber mayor unión y a pesar de ser una gracia tan hermosa no la apreciamos, huimos de ella, nos apartamos del Sagrario que encierra nuestro tesoro en tanto que El allí encerrado por amor, constantemente espera y se aviene a ser un prisio­nero, y no le importa que su cárcel sea pobre, que esté tal vez desarreglada, porque muchas veces sucederá que los Sagrarios no estarán atendidos como debieran estarlo, ya por falta de recursos, o de sacerdotes celosos que se preocupen con verdadero interés por todo lo que es de Dios. Otras veces se encontra­rá solo, en rumbos apartados, en donde hay poca piedad y solamente lo rodearan unas cuantas almas fieles que vayan a buscarlo; pero a El no le importa eso, como es tan fino su amor, por esas cuantas se sacrifica y a esas las espera con afán.
Con que no dejen de pensar hoy que el fruto de esta meditación ha de ser: consagrarse por completo al servicio de Dios Ntro. Señor; trabajar por sus al­mas, sacrificarse por ellas, y hacerlo todo sin pedir salario, sin esperanza de premio, sin creer que todo hasta lo más pequeñito debe ser recompensado. No ajusten cuentas hijas mías, no vayan en pos de Dios poniendo condiciones ni preguntándole cuánto va a darles a cambio de cada sacrificio porque con eso demuestran que son ruines y cobardes. Entréguense sin reserva, denle todo su co­razón y ofrézcanle contentas hasta el último vencimiento que será cuando tengan que desprenderse de la vida, para que de esa manera puedan decirle: –“Te amo tanto y me agrada tanto darlo todo por ti, que quiero Jesús mío consagrarte hasta el último esfuerzo que tenga que hacer al  desprenderme de este cuerpo miserable, para que eso sea mi último acto de amor y de conformidad con tu vo­luntad santísima”. ¡Qué hermosa muerte es la de una criatura que ha sabido inmolarse y ofrecerse como una víctima por la gloria de Dios Ntro. Señor! y aunque Vds. vean o hayan visto alguna vez que al morir se tienen ansias y convulsiones terribles, no tengan pena porque eso no quiere decir nada con respecto a el alma. Muchos santos han tenido que sufrir una muerte muy angustiosa; así pasó con la Madre Magdalenita que fue la fundadora de la Devoción de la Divina Infantita, y no por eso hemos de pensar que era mala ni que su muerte fue desgraciada, porque precisamente es todo lo contrario: fue una monja muy ino­cente, muy buena, muy humilde, y su vida fue la de una santa.
Con que así, no se desanimen ni juzguen por las apariencias lo que Dios Ntro. Señor permite para purificarnos, y cuando nos mande algo hemos de bende­cirlo ya sea en la prosperidad ya en la adversidad. Si tenemos tropiezos con los superiores, si aparentemente nos tienen paradas y no nos permiten avanzar un paso, esperemos tranquilas que la hora del triunfo sonará; por ahora todavía no es tiempo, por ahora Dios Ntro. Señor quiere que tomemos fuerzas luchando mucho, pero eso no quiere decir que la Esclavitud no ha de triunfar; lo que pasa es que somos inconformes y no nos gusta esperar; quisiéramos que ya que Dios aceptó la víctima y ya que el niño Luisito dio su vida, inmediatamente vinieran las licencias del Sr. Arzobispo para todo, la aprobación de la Obra de parte de la Santa Sede y la Canonización de todas las Esclavas; y no es así como Dios Ntro. Señor nos anuncia el triunfo de la Esclavitud. Ya ha comenzado a anunciarlo ¿saben cómo? por medio de los sacerdotes, haciendo que ya empiecen a presentarse y que principie a llegar esa procesión de Esclavos que vio Luisito detrás de aquel muro que él rompía con un zapa-pico. ¿Recuerdan Vds. que así lo oyeron decir alguna vez? ¿recuerdan que a poco de venir él aquí así lo vio en la oración y sintió que tendría que romper ese muro y cuando más fatigado se hallaba veía a su lado a Angelina ayudándole y limpiándole el sudor, confortándolo por decirlo así con estar cerca de él mientras luchaba golpeando con toda fuerza?. Entonces Nuestro Padre se preguntaba cómo sería aquello y todavía no lo veíamos claro ni lo podíamos entender; pero ahora ya se ha realizado. El rompió el muro con sus sacrificios, él dio su vida para que a cambio de ella Ntro. Señor fuera a mover el corazón del escogido para ser el primero que ha­bía de venir a la cabeza de la procesión; sólo así se explica que el P. Patrocinio haya sido traído desde tan lejos, que Dios le diera el toque de gracia para ir en pos de Nuestro Padre, que él al oír nombrar al P. Salvador hubiera dicho: –“Tengo ganas de verlo, dicen que predica muy bien, yo voy a oírlo”, y en seguida poniendo en práctica su determinación caminara a seguir a Nuestro Padre y al preguntarle: –“¿tú qué predicas?”, y recibir la contestación del escogido por Dios para ser el Apóstol que lo conquistara y que le dijo: –“Predico la Esclavitud de la Divina Infantita”, le contestara con esta pregunta: –“¿Y yo puedo ser de esos?”. Sólo así se explica también que el que llevaba diez y nueve años de sacerdote y deseando siempre ser religioso no hubiera ingresado en ninguna congregación formada porque Dios lo tenía reservado para otros fines, se decidiera a dejar cuanto tenía, a prescindir de su casa, de sus comodidades, de los cariños y halagos de una familia en donde él era el consentido por ser sacerdote, y caminara muy lejos para tomar parte en los desprecios y humillaciones de una Obra que empieza, que está perseguida y que por lo tanto no podía ofrecerle más que los palos que ella recibe.
Así ha ido Ntro. Señor a entresacar al P. Patrocinio, no sólo del lado de los suyos sino también de entre todos los sacerdotes del mundo; él ha sido el primero comprado con la sangre del único generoso que fue capaz de dar su vida por la salvación de la Obra; el precio suyo es la vida de Luisito y el sacrificio de los dos puesto que él y ella unieron sus acciones y se martirizaron por la Esclavitud. Ese es el triunfo hijas mías; detrás del P. Patrocinio vendrán otros y ellos alcanzarán la victoria ante los superiores, ya que nosotros nada hemos podido porque es imposible que hagamos lo que pueden hacer los sacerdo­tes. Nosotros no podemos ir por todas partes a proclamar las glorias de la Di­vina Infantita y ellos sí pueden; nosotros no podemos caminar en pos de las almas para salvarlas si ellos no nos ayudan y nos enseñan; pero ahora sí lo po­dremos todo porque el barco que yo vi en la oración casi perdido en medio de terribles tempestades, el barco que luchaba en alta mar sin dirección puesto que querían a todo trance privarnos del piloto que es Nuestro Padre, lo he visto ayer salvado ya y conducido al puerto, jalado verdaderamente por los sacer­dotes hijos de la Esclavitud; traído por el P. Patrocinio y el P. Miguel. Así me lo ha hecho ver Ntro. Señor hijas mías, y yo lo vi caminando seguro, firme, y muy adornado con muchas banderas como en señal de triunfo.
Ese fue el muro que rompió nuestro hijo Luisito, y ya vieron Vds. cómo lo supo romper. ¡Qué alegría la suya en medio de terribles sufrimientos! ¡cómo sabía sonreír y ser feliz en las más grandes tribulaciones!.  Muchas cosas fuertes pasamos en esa época y jamás lo oyeron quejarse ni retroceder; al contrario, en cada nueva prueba se sentía más firme y más tranquilo. Vino luego su enfer­medad terrible también por todos conceptos, porque era contagiosa, porque él lo comprendía así y su delicadeza y su finura para sentir, le hacía temer por cuantos le rodeaban; porque se veía en un Asilo y sufría mucho al pensar en las consecuencias que podía tener esa enfermedad habiendo tanta niña cerca de él; porque se le desarrolló el mal con toda su fuerza; todo eso era su marti­rio y Vds. vieron ¡cómo lo sufrió! su cara no expresaba otra cosa que una re­signación angelical y mucha alegría, y nunca cambió, siempre se le vio sereno hasta el último momento. Se ofreció como víctima y supo con valentía consumar su sacrificio. Por eso Dios está agradado y derramará gracias abundantísimas sobre nosotros como ya ha comenzado a derramarlas mandándonos al P. Patrocinio. Confiemos en que no será el único regalo de Luisito sino que todavía ha de darnos más; él fue el primero eso sí, él viene a la cabeza salvando el buque, pe­ro en su seguimiento traerá otros muchos y tendremos la dicha de ver en salvo la Esclavitud y convencidos a los superiores de la santidad de ella al verla rodeada de Esclavos humildes, obedientes y santos.
Postradas en la presencia de la Divina Niña vamos a ofrecerle nuestros sacrificios pero valientes y decididas para imitar al niño Luisito que cual otro Abraham, obedeció el mandato de Dios Ntro. Señor cuando le pidió que le sacrificara a su hijo, sin averiguar siquiera por qué se lo pedía, sin pensar en que Dios proveería y daría otra víctima para que esa fuera la sacrificada; así ca­minó Luisito al martirio desde el momento en que Dios le tocó su alma para ofrecerse como víctima, y así nos aseguró el triunfo de la Esclavitud.
Cualquiera que no conozca la Obra podrá dudar de ella hijas mías, pero nosotros ¡cómo hemos de pensar que no es hermosa y grande una Obra a la que Dios le pide y le acepta la vida de una criatura que era tan buena y estaba tan deseosa de la santidad que no suspiraba más que por alcanzarla!. No cabe duda que la Esclavitud ha de darle mucha gloria a Dios Ntro. Señor y que todas nosotras hemos de vivir siempre muy humilladas, muy obedientes, muy anonadadas, porque ciertamente no merecemos las gracias que recibimos de la mano de Dios, que son inmensas puesto que nos tiene no sólo salpicadas con la Sangre precio­sísima de su Santísimo Hijo sino bañadas con ella como a su Congregación predilecta, y esa Sangre dará muchos frutos de santificación en las almas si sabe­mos aprovecharnos de ella.
Le pediremos la bendición a Ntro. Señor, &.
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María, &.

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